La educación merece otra mirada

Esta reflexión nace de la experiencia, y no pretende ser un análisis exhaustivo de modelos ni de ejemplos. Se sustenta en años de ejercicio de la profesión como profesor universitario, como padre que ha observado y participado de la educación de sus hijas, como ciudadano que ha ido observando los vaivenes de la educación en España y en Canarias; y, por supuesto, como persona que ha sufrido la aplicación de modelos educativos que pretendían ser innovadores. Y por esta condición última empiezo mi relato.

Mi formación comenzó, puede decirse así, con la EGB (Enseñanza General Básica, 1970). Pertenecí a aquella primera promoción a la que comenzó a cincelar un modelo sustentado en enseñanzas acartonadas, que multiplicó el número de piezas de libros y, en consecuencia, el aumento de peso de la maleta o mochila. Apareció la ficha, en la que teníamos que reproducir las respuestas a preguntas o esquemas, supuestamente con el objetivo de mejorar la formación en conocimientos a través de un proceso repetitivo. Y a ello nos aplicamos. Una vez superado el octavo curso, nos dispusimos a acceder a las enseñanzas secundarias. Para no perder el hilo, otra vez nos aplican un cambio que había nacido con la reforma de 1970, nos sumergen en la transformación del bachillerato estructurado en tres cursos y el curso de orientación universitaria.

En 1975 (fecha de históricos cambios en España) estrenamos primero de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente). Un nuevo trazado de las enseñanzas sustentado en la prolongación del modelo de las enseñanzas básicas, pero sin las temidas y aburridas fichas. Fue un cambio, ciertamente, como corresponde al salto de un nivel a otro y de un tipo de centro a otro. Tras tres años de estudio y exámenes, sin apenas nada que resaltar, llegamos a la orilla del curso preuniversitario, el COU. De todos esos años, le tengo especial cariño al último, pues estuvo bastante entonado y productivo en ideas. He de reconocer que fue un año especial, nació nuestra actual Constitución en diciembre de 1978. Recuerdo los debates en el aula y los posicionamientos; por cierto, no están lejos de los que hoy forman parte de los corrillos sociales y políticos.

Esta trayectoria ha sido la constante en nuestro panorama educativo nacional, al que se sumaron, como resultado de aquella carta magna, las comunidades autónomas con mayores o menores competencias. Esta presencia hizo más complejo y variado, que no rico, este escenario, cada uno con su particular cuña nacional, siendo más acusado en aquellas en las que los gobiernos nacionalistas y con lenguas propias alimentaban un bloque político emergente más preocupado por la marca nacionalista de identidad que por el verdadero aprendizaje de las cosas.

En la actualidad, como padre, detecto situaciones aún más graves que las que sufrimos aquellas generaciones, pues nuestros profesores, formados en la vieja escuela, transmitieron un sólido conocimiento estructurado en materias fundamentales. Seguramente aquélla política educativa no enfocó su éxito a forjar habilidades y competencias que pudieran adaptarse a los límites que configuró el capitalismo de aquellos años setenta y ochenta de la pasada centuria, con un entorno laboral muy precario. De aquel escenario a éste. Se ha pasado, con regulaciones diversas, al supuesto aprendizaje por competencias y a partir de aquí se ha desdibujado el propósito de la educación, no porque no fuera necesario ese vuelco, sino porque no se ha realizado adecuadamente, sin formación complementaria, sin organigrama y sin financiación optimizada. Se ha incrementado el número de materias y también el tiempo de tareas y actividades a realizar fuera del aula. Horas y horas, aburridas mayormente, que no ilusionan ni aportan ideas o fomentan la creatividad.

Por el contrario, el aprendizaje sigue siendo repetitivo, enfocado al examen, altamente competitivo entre los estudiantes que provoca consecuencias sutiles: trabajo individual, aumento de las diferencias entre los alumnos, incremento de la conflictividad en el aula y en los centros, nula o baja empatía con el profesorado. Y, también, nos encontramos a un profesorado poco estimulado por la administración educativa, presionado para cumplir con requisitos burocráticos repletos de papeles y documentos a cumplimentar y, lo peor, devaluado en la sociedad. En definitiva, de una y otra parte, desencanto y generaciones perdidas.

Tras décadas de inseguridad sobre qué hacer con le educación en España, de la que tampoco se libró la universidad (a ésta le dedicaré un post particular), nunca fue considerada como un reto de estado con implicación de toda la sociedad, hemos desembocado en un entorno educativo muy normativizado y regulado, pero muy poco eficiente y nada enriquecedor. Ha sido, al contrario, objeto de manipulación, caprichos y ensayos nada fundamentados. La evaluación de los modelos está aún por hacer y probablemente nos daría un mapa real de las consecuencias e impactos de esos modelos en la formación de los ciudadanos.

La financiación de la educación habrá que revisarla, pues necesariamente deberá aumentar, reformar la escuela concertada cofinanciada con fondos públicos, apoyar la formación continua de los maestros y profesores, así como revisar y proponer otro modelo de gobernanza para los centros educativos. En Europa los modelos de Suecia, Dinamarca, Bélgica y Finlandia, con una financiación significativa y con resultados más positivos, pueden ser los ejemplos a seguir (Eurostat: https://goo.gl/DB7a5P).

La educación merece otra mirada, valorizando su posición como herramienta estratégica orientada decididamente al desarrollo social y económico. Es, junto a la salud, un pilar básico sobre el que se vertebra una sociedad que construye un futuro sólido y seguro. Hay mucho por hacer y es urgente.