¡Basta ya!

Este país necesita una profunda revisión. Sus valores y su sistema democrático presentan fisuras. La respuesta ciudadana a las incompresibles tropelías de las decisiones políticas y judiciales no puede quedar en vano y es el momento de reconstruir la sociedad sobre otros valores, pues aún arrastra comportamientos y actitudes machistas, fascistas y deprimentemente insolidarias. Las noticias se cuelan en los medios de comunicación y en las redes sociales convertidos en valedores de una sociedad atropellada. Días tras día, en cascada, las crónicas nos alarman y reaccionamos ante hechos que evidencian iniquidad, mentira, burla, trampa, engaño, desigualdad, porque una de esas fisuras es la distancia que se percibe ya entre la ciudadanía y las estructuras del estado. Una democracia no puede fundamentarse exclusivamente en el puro derecho de ejercer el voto, propio de la democracia representativa que nos hemos otorgado, lo es también, en su justa importancia y reconocimiento natural, la democracia participativa, y ésta la niegan continuamente aquellos que hemos designado como representantes políticos.

No se concibe que la noticia destacada en portada, titular de las cabeceras de los informativos, sea el acoso, la desvergüenza, la injusticia, la violencia, el crimen, la falsedad política de quienes ejercen su cargo como propietarios del destino de los ciudadanos, lejos de ellos y parapetados en la ley, que pudiera ser también no justa, redactada y ejecutada por esos mismos que aprietan la tuerca a los ciudadanos, aquellos que creen que la democracia es el sistema de convivencia más proporcionado. Sería lógico pensar que los temas a destacar sean el desarrollo y el progreso social, económico, sanitario, educativo, cultural en un contexto de equidad. Y felicitarnos por ello.

Por el contrario, estamos enfurecidos porque los hechos nos encrespan y volcamos a las redes sociales (ahora convertidas en espacios de amparo y arbitraje) toda la rabia que desatan las noticias de las decisiones políticas y judiciales. No se entiende que esto deba ser así, cuando tenemos herramientas constitucionales para que los ciudadanos expresen su parecer a través de vías democráticas, por ejemplo, el referéndum. Sin embargo, nos lo impiden y han sustraído nuestra capacidad de opinión, relegada a medios y redes. La Constitución de 1978 merece una revisión profunda también; no es cuestión ahora de introducir el debate en esta reflexión, pero sí habrá que tomar nota para que no lo sea en un futuro lejano, más bien debe serlo a corto plazo. Se ha anquilosado y responde a un contexto histórico determinado, y necesita de actualización y rejuvenecimiento. Las palabras equidad, género, violencia, transparencia, entre otras, no están en el texto constitucional.